Me quedé sin pena
Y resultó que todo lo que nos dijiste era cierto. Nosotros que por momentos dudamos de la veracidad de tus palabras, de tu conexión con la realidad ese día en que nos encontramos en Plaza Ñuñoa. Eran los últimos días de noviembre de este año y nos pillaste sentados en una banca, jugando con perros callejeros, cuando nos íbamos del Dante, cuando ya nos habíamos tomado unos cuantos shop con el Harmony, J y el Guillaume y tratábamos de emprender rumbo a algún lado, quizás a la casa, pero teníamos sólo dos bicicletas y éramos cuatro y no terminábamos nunca de rolar. Por lo mismo te acercaste a nosotros.Recuerdo cuando no
s dijiste que estabas triste, porque estabas separado de tu mujer. Que eras un violinista tremendo, clásico, pero que la bipolaridad te tenía vuelto loco y que no tenías casa donde vivir, decías, sentado al lado mío y mientras, tus enormes ojos oscuros se clavaban en los míos, jurándonos que los pitos nada de malo tenían al combinarlos con bipolaridad. Que habías pasado por no se cuántas clínicas mentales, que el copete, que el carrete, que los cuetes, tu mujer. Que los Parkinson, que los Trompos, que la viola, el éxito y los tres meses de no tener casa, hogar, nada. Que hace poco habías tocado y había sido tan bueno, tan bueno, pero que en realidad todo ya se había ido a la mierda, decías con esa mirada tan penetrante, por la cresta. Recuerdo que al otro día tomé una micro en Providencia que subía por Apoquindo y ahí estabas, parado, con la vista perdida en la ventana y afirmado de los fierros plásticos del Transantiago. Yo miraba para el otro lado, tocaba el timbre, saltaba a la vereda, me iba, y un mes después, cuando hartas cosas más ya se habían ido a la mierda, la noticia de que un dolor tan estúpido te había matado. Aguante Guíñez. Kilos de tolueno para ti.
s dijiste que estabas triste, porque estabas separado de tu mujer. Que eras un violinista tremendo, clásico, pero que la bipolaridad te tenía vuelto loco y que no tenías casa donde vivir, decías, sentado al lado mío y mientras, tus enormes ojos oscuros se clavaban en los míos, jurándonos que los pitos nada de malo tenían al combinarlos con bipolaridad. Que habías pasado por no se cuántas clínicas mentales, que el copete, que el carrete, que los cuetes, tu mujer. Que los Parkinson, que los Trompos, que la viola, el éxito y los tres meses de no tener casa, hogar, nada. Que hace poco habías tocado y había sido tan bueno, tan bueno, pero que en realidad todo ya se había ido a la mierda, decías con esa mirada tan penetrante, por la cresta. Recuerdo que al otro día tomé una micro en Providencia que subía por Apoquindo y ahí estabas, parado, con la vista perdida en la ventana y afirmado de los fierros plásticos del Transantiago. Yo miraba para el otro lado, tocaba el timbre, saltaba a la vereda, me iba, y un mes después, cuando hartas cosas más ya se habían ido a la mierda, la noticia de que un dolor tan estúpido te había matado. Aguante Guíñez. Kilos de tolueno para ti.
